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Donald Trump y su laberinto: de tarifas y guerras comerciales

Por Maxi Buteler

El retorno del proteccionismo agresivo en este segundo período presidencial de Donald Trump está dando que hablar en todo el mundo. Aunque los mercados internacionales estaban proyectando algo, esto explica en parte la volatilidad que hubo en todas las bolsas, con caídas abruptas en algunos índices, como por ejemplo el Nasdaq. Los jugadores financieros ya estaban descontando el alcance de las nuevas medidas, aunque no estaba claro el porcentaje final y cuánto recaería sobre cada actor.

Finalmente lo sabemos. La administración Trump aplicó aranceles recíprocos a todas las naciones del mundo, siendo la tasa más baja un 10% para algunos países de Sudamérica, incluyendo a Argentina. Sorprendió tanto a propios como a extraños los altos impuestos dirigidos a socios estratégicos de antaño, como el 20% a la Unión Europea o el 32% a Taiwán. Las críticas han provenido de diferentes sectores, a pesar de que el primer mandatario estadounidense quiera presentar esto como un acto de liberación nacional.

Los aranceles son básicamente impuestos que se aplican sobre bienes que se importan, es decir, que se compran a otros países. La teoría indica que este tipo de políticas comerciales tiene como objetivo proteger a las industrias domésticas, generando desincentivos para las importaciones y, como contrapartida, incentivos para la producción local. Lo cierto es que la materialización en la producción real puede tardar mucho en sentirse y, en otros casos, puede que no llegue a concretarse. El efecto inmediato se expresa en términos negativos: el consumidor estadounidense sufrirá las consecuencias al encontrarse con bienes más caros que antes de la medida.

La comunidad política estadounidense, es decir, la clase política “ampliada”, que incluye grupos de industriales cercanos a los círculos de poder, así como a funcionarios de los principales partidos políticos, ha detectado problemas con la forma en que Estados Unidos se insertó en el mundo de la “globalización”. Desde que en 2008 la administración de Barack Obama impulsara el “pivote hacia Asia”, destacando a China como competidor sistémico, la mirada “antiglobalista” se fue radicalizando.

Esto se explica, de manera sintética, por dos grandes puntos: el enorme déficit que tiene el país en su balance comercial (aproximadamente 1.2 billones de dólares) y la desindustrialización que ha experimentado desde que se proclamó el triunfo en la Guerra Fría. Desde 1990, Estados Unidos ha pasado de representar un 25% de la producción industrial global a aproximadamente un 18%. Esta pérdida de posicionamiento relativo explica en parte la destrucción de puestos de trabajo en el sector secundario, así como la emergencia de Asia como polo productivo global (con China a la cabeza).

Estos dos grandes puntos han dado lugar al argumento de que la globalización perjudicó más de lo que benefició a Estados Unidos. Los “enemigos” se enriquecieron a costa de ellos, dicen los políticos. Pero eso es relativo; la geopolítica, por supuesto, considera la producción industrial, lo que ha dado mayor influencia internacional a las nuevas potencias industriales como China, principal competidor/rival sistémico. Sin embargo, esta defensa estadounidense esconde los altos márgenes de ganancias que obtuvieron sus empresas al deslocalizar o externalizar actividades de menor valor agregado (como la manufactura de muchos bienes, por ejemplo).

Es cierto que, como bien dijo Trump, los productos estadounidenses también pagan altos impuestos para ingresar en otros mercados y que “esta situación ya no se puede tolerar más”. Sin embargo, existe un gran escepticismo acerca de los potenciales beneficios que esto puede implicar para el propio país. Además de los efectos negativos que percibirán los consumidores, el comercio global en su conjunto se ve amenazado por este cierre económico. ¿Habrá oportunidades para China en este contexto, aventajando aún más a Estados Unidos como “fábrica global”? Veremos. Al menos en lo que respecta a sectores más intensivos en tecnología, esta medida parece ir en contra de los efectos que busca Trump.

Por otro lado, ¿habrá oportunidades para Argentina? El gobierno de Javier Milei intenta presentar la imposición del arancel mínimo como un triunfo de su gestión, pero ¿realmente es así? Otros países con gobiernos hostiles han recibido un tratamiento similar. Lo cierto es que un país como Argentina es insignificante en el comercio mundial y la aplicación de aranceles suele ser más un perjuicio que una ventaja. Aunque ahora habrá “condiciones de igualdad” frente a otros países, esto puede ofrecer algunas ventajas competitivas para ingresar a los mercados internacionales.

En conclusión, la política proteccionista de Estados Unidos plantea un escenario complejo tanto para su propia economía como para el comercio global. Aunque se busca proteger las industrias locales, los resultados pueden ser adversos para los consumidores y para el equilibrio del comercio internacional. Asimismo, esta situación puede ofrecer oportunidades a otros países, aunque el impacto real dependerá de factores económicos globales y de la capacidad de adaptación de cada nación. La evolución de estas dinámicas será crucial para determinar si el proteccionismo realmente beneficia a Estados Unidos o si, por el contrario, refuerza la competencia en el sistema económico global.


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