Volodímir Zelenski, presidente de Ucrania, atraviesa momentos decisivos en relación con el devenir de la guerra con Rusia. La cumbre celebrada en Alaska entre los presidentes de Estados Unidos, Donald Trump, y de la Federación Rusa, Vladímir Putin, materializó lo que muchos ya señalan como el comienzo de un nuevo orden mundial. Un orden en el que se ponen en marcha nuevas reglas de juego en escenarios cambiantes, y que en cierto sentido remite al viejo “concierto de naciones” del siglo XIX: la bilateralidad entre grandes potencias como norma.
Y sí, acá hay que hacer una salvedad: Rusia no es hoy una gran potencia global en términos económicos, pero sí es una potencia regional con un músculo militar-nuclear que le permite patear el tablero global. Como tal, sigue siendo relevante para el juego de las potencias. Las grandes potencias en el siglo XXI son, indiscutiblemente, Estados Unidos y la República Popular de China, inmersas en una competencia bestial por el liderazgo en los sectores que definen el futuro (inteligencia artificial, semiconductores, exploración espacial, computación cuántica, entre otros).
Bajo este nuevo escenario, la búsqueda de soluciones multilaterales a problemas globales tiene poco margen. Prima la lógica de la realpolitik. Desde el realismo en Relaciones Internacionales, esto es fácil de explicar: los Estados buscan antes que nada sentirse seguros y aumentar su poder material y social. El sistema internacional se construye como un delicado balance para evitar la destrucción mutua, pero siempre desde la desconfianza. Una idea que se remonta, al menos, a Thomas Hobbes, considerado el padre del realismo político.
Hace tres años y medio, la comunidad política de Rusia —es decir, los grupos de poder que proyectan ideas de país y defienden intereses a futuro— pateó el tablero global al lanzar la llamada “operación militar especial”. Lo que en «Occidente» llamamos sin rodeos una invasión o guerra de agresión convencional. Ese fue el punto de quiebre del viejo orden liberal internacional, que en paz descanse (como ya tituló Richard Haass en su célebre artículo “Liberal World Order, R.I.P.”, publicado en Project Syndicate en 2018).
La comunidad política ucraniana, representada por Zelenski, decidió responder y entrar en combate. La mayoría de los analistas coinciden: el desempeño de las fuerzas ucranianas superó todas las expectativas, incluso las de Moscú, que había calculado una guerra corta, de no más de un año. Zelenski se consolidó como líder en tiempos de guerra, pero en 2025 su figura comienza a mostrar desgaste: surgen las primeras manifestaciones sociales en su contra desde el inicio del conflicto.
Aun así, la resistencia ucraniana no habría sido posible sin la ayuda masiva del llamado “Occidente colectivo” —como le gusta decir a Putin, englobando a Estados Unidos, la Unión Europea, Israel y otros aliados—. Solo entre 2022 y 2025, Estados Unidos comprometió más de 175.000 millones de dólares en apoyo militar, financiero y humanitario, mientras que la Unión Europea aportó más de 100.000 millones de euros.
Pese a semejante apoyo, Rusia mantuvo la mayor parte de las conquistas obtenidas en el primer año de la guerra. En el Donbás, la pelea se volvió una guerra de desgaste: Ucrania intentando recuperar, Rusia consolidando. Los costos fueron altísimos: más de 70.000 bajas ucranianas, entre 120.000 y 150.000 rusas, y al menos 30.000 civiles muertos confirmados (ONU, OCHA). A esto se suman 8,2 millones de refugiados en Europa y 3,7 millones de desplazados internos (ACNUR). La maquinaria de la guerra arrasó ciudades, barrios enteros y la vida cotidiana de millones.
Zelenski puso todos los recursos tangibles e intangibles del país en evitar la fragmentación territorial. Hubo golpes duros contra Rusia y hasta baños de humildad para el Kremlin en ciertos momentos (como las incursiones ucranianas en territorio ruso). Pero en este 2025 la balanza parece inclinarse a favor de Moscú: la guerra se encamina hacia un final en el que Rusia pueda proclamarse ganadora, imponiendo un alto al fuego que consolidaría sus reivindicaciones territoriales. A la anexión de Crimea en 2014 se sumaría ahora cerca del 20 % del territorio ucraniano bajo control ruso.
Zelenski se está quedando solo. Estados Unidos, su principal aliado, pasó de un apoyo automático y furioso a ralentizar la ayuda y abrir canales de diálogo con Putin. Alemania, Francia y Reino Unido quieren sostener a Kiev, pero no tienen capacidad de suplir la retirada norteamericana. El presidente ucraniano queda atrapado entre seguir resistiendo o aceptar un acuerdo que, para muchos, equivaldría a capitulación.
La cumbre en Alaska lo obligó a dar un paso delicado: pedir una audiencia con Trump para discutir los puntos de un posible alto al fuego. Se especula incluso con un encuentro directo con Putin, condición sine qua non para cualquier paz. Pero negociar implica ceder, y para Ucrania la cesión más dolorosa es la pérdida territorial.
La historia ofrece paralelos. Los líderes griegos, durante la crisis de deuda, se vieron obligados a firmar acuerdos devastadores que hundieron al país en la catástrofe social. En Ucrania, el dilema es todavía más cruel: ¿aceptar la mutilación del territorio o seguir la guerra con todo lo que implica?
Por ahora, la comunidad política ucraniana respalda a Zelenski: removerlo sería un signo de derrota. Pero si Estados Unidos corta el flujo de recursos y Europa no logra suplirlo, las opciones se achican. Queda el último bastión de la diplomacia colectiva, aunque nadie confía demasiado en que Putin se conforme con un acuerdo hecho a su medida.
Escenarios posibles
La encrucijada de Zelenski no solo define su destino personal, sino el del Estado ucraniano. Se pueden delinear tres escenarios:
- Ucrania unificada (poco probable): solo factible si Rusia colapsara o si Occidente reanudara un apoyo ilimitado.
- Ucrania fragmentada con territorios absorbidos por Rusia: el escenario más realista: un alto al fuego que consolide Crimea y el Donbás bajo control de Moscú.
- Nacimiento de repúblicas satélite bajo órbita rusa:
regiones desgajadas, convertidas en “repúblicas populares”, reconocidas solo por aliados cercanos de Rusia, siguiendo el modelo de Abjasia u Osetia del Sur.
La encrucijada de Zelenski es vital. Su lugar en la historia lo marcarán los que escriban en retrospectiva, con la distancia que da el tiempo. Hoy, atrapado en restricciones crueles que impone la guerra, encarna el dilema de un sistema internacional que no supo —y en cierto punto no quiso— evitar este conflicto. Porque en toda guerra de agresión hay que mirar también las motivaciones del agresor y el rol de un orden mundial cómplice.
Lo que nos deja este presente es claro: la fuerza vuelve a ser la norma. En medio de una cuarta revolución industrial y de crisis políticas y sociales múltiples, quien tiene la fuerza tiene la razón. Y en este nuevo orden, la realpolitik vuelve a ocupar el centro del escenario.

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